Lo que el ADN de tu perro le pide hacer
A pesar de ser una ferviente defensora de la adopción, no puedo dejar de notar día a día a hermosísimos perros de raza cuyos tutores, quizás sin saberlo, no les permiten expresar el potencial para el que fueron creados.
A menudo, al elegir un perro de raza, nos dejamos llevar por lo estético y no siempre indagamos sobre el propósito para el que fue desarrollado. Las razas han sido modificadas genéticamente por el hombre; tienen una historia, un propósito y necesidades que deben ser respetadas. Cuando no pueden expresar aquello para lo que fueron ‘diseñados’, pueden aparecer ansiedad, conductas no deseadas e incluso un profundo malestar emocional.
Al integrar una especie diferente a la nuestra en la familia, asumimos la hermosa responsabilidad de aprender sobre ella y cubrir sus necesidades básicas.
Veamos algunos ejemplos:
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Border Collie: Perro de pastoreo, veloz, que controla ganado y adora los desafíos. Paseos urbanos de 20 minutos no parecen ser suficientes para una vida plena.
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Labrador Retriever: Creado para recuperar presas en el agua. Son excelentes nadadores, con pelaje resistente al frío y gran capacidad de trabajo. Impedirles mojarse, o nadar puede generarles una gran frustración.
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Husky Siberiano y Malamute: Criados para tirar de trineos en climas extremos. Aun así, nos frustramos cuando intentan avanzar tirando de la correa.
¿Es posible modificar esas conductas, para nosotros indeseadas? Claro que sí. Pero la pregunta es: ¿debemos?
Los perros han hecho un esfuerzo enorme a lo largo de la historia para adaptarse a nuestras ciudades, nuestras rutinas e incluso les hemos pedido que controlen sus esfínteres a nuestros horarios laborales.
¿Le pediríamos a una jirafa que no se comporte como jirafa o a un león que no actúe como león? ¡Claro que no! Sin embargo, a veces, nuestra exigencia y expectativas con los perros son muy altas. Pedimos al Caniche que no ladre, al Labrador que no se ensucie y al Ovejero Alemán que modere su conducta territorial.
El verdadero desafío está en encontrar el equilibrio entre nuestras expectativas y su naturaleza. La clave no está en modificar su conducta, sino en comprenderla. No se trata de corregir lo que son, sino de aprender a amarlos tal como son, y no como quisiéramos que sean.
